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1 abr 2025

Un poco de geoestrategia


La mayor parte de los países del Atlántico Norte no pertenece a la Organización del Tratado del Atlántico Norte. Más aún, 14 de los 32 estados miembros de la OTAN no tienen costa en el Océano Atlántico. ¿En qué consiste entonces ese conglomerado militar?

La NATO nació como una alianza de los países del norte del Atlántico Norte. Para defensa de los intereses de Londres y Nueva York. España no pinta nada ahí porque lo nuestro es o debiera ser, en todo caso, el sur del Atlántico Norte. Y el Atlántico Sur.

Algo más tarde, a Londres y NY se unió Tel-Aviv. En esa cosa entramos con el PPSOE de González y Aznar. Ahora España es parte de una comparsa indigna que se mueve zarandeada por la propaganda y el miedo. No hay proyecto común detrás de esa fachada, porque los ideales de la OTAN, incluso aunque decaiga la ridiculez woke ecoelegetebepé, no son mejores que los del Partido Comunista Chino ni por supuesto que los del Moscú actual.

Pero aún hay más. Marruecos, el ladrón del Sáhara, la narcomonarquía emergente, el país que más celebra nuestra decadencia es nuestro aliado gracias a la OTAN y bajo la mirada patriarcal del Tío Sam, socio preferente de la Alianza y títere colonial lo mismo que nosotros. "Tócala de nuevo, Sam", que decía aquel en Casablanca.

Yo no digo nada, pero el mundial de fútbol hispano-marroquí (algo más que pan y circo), ideado vaya usted a saber por qué sabios (los de "África empieza en los Pirineos", supongo), ¿no apesta a globo-sonda, a una especie de prefiguración de una amorfa republiquita intercontinental? ¿A algo así como un Panamá euroafricano para custodiar el "canal" de Gibraltar?

La pregunta que a estas alturas nos hacemos todos los que no vemos la tele es: ¿Dónde está, en definitiva, nuestra amenaza geoestrategica? ¿Estará allá, en Moscú, la Madre Rusia, la patria de Tchaikovsky, la víctima superviviente del marxismo, a tres mil kilómetros de distancia? ¿O más bien en Rabat, el vecino complicado, punta de lanza ahora moderadita y tolerante, vanguardia engañosa del totalitarismo islamista que viene detrás, como siempre, al estilo yihadista?

¿Es entonces por tanto Marruecos nuestro mayor enemigo? Responderé a esto con una preciosa palabra hispanoárabe: ¡Ojalá! Si Marruecos fuera nuestro enemigo podríamos amarle. El drama es que hoy por hoy nuestro mayor enemigo somos nosotros mismos. El mayor enemigo de la España tradicional es la españita de la Revolución, la que se regodea en el autoodio, la que se suicida demográficamente, la que babea sumisamente ante Bruselas o ante la OTAN. Hasta que no recuperemos nuestra identidad ¿a quién nos vamos a enfrentar? Si no nos amamos primero a nosotros mismos ¿cómo vamos a poder amar al prójimo? ¿O cómo podríamos permitirnos el lujo de tener buenos enemigos?



Lo de Rupnik


Me entero del caso de Marko Ivan Rupnik, sacerdote, exjesuita y artista esloveno cuyas obras están siendo "canceladas" en Lourdes -y supongo que pronto lo serán en otros lugares conocidos- con ese estilo un tanto puritano del mundo moderno que tiene la mala costumbre de confundir autor y obra, mezclar mensaje con mensajero.

Personalmente no conozco a ese señor cura-artista de nada; no tengo ni idea de cuál ha sido su trayectoria más allá de lo que acabo de leer en la wikipedia; no es asunto mío estudiar los altibajos de su vida espiritual, psicológica o sexual. Tampoco me emocionan particularmente sus obras. Lo que tengo muy claro es que esa actitud de arremeter contra las obras para castigar al pecador es una actitud infantil y absurda.

Las creaciones humanas, ya sean literarias, musicales o artísticas de cualquier clase, cobran vida propia en cuanto salen de las manos y la mente de su creador. Si Rupnik merece un castigo, que sea castigado. Pero no la tomen con sus obras, que son inocentes de los delitos de su padre. Dice el obispo de Tarbes que algunas víctimas de Rupnik se han negado a pasar por la puerta santa de Lourdes porque está decorada con dibujitos de su agresor. Con todos mis respetos, si yo fuera el obispo de Tarbes les habría dicho a esas señoras, con todo mi cariño, que eso es una tontería, que el símbolo de la puerta santa está por encima de un mosaico, por encima del carpintero que puso las bisagras y por encima del artista que se ocupó de la decoración del lugar.

Si hubiéramos de tapar o destruir todas las obras de arte pintadas o esculpidas por algún presunto delincuente no quedarían en pie ni los bisontes de Altamira. ¿Qué artista, aparte de Fra Angélico -y vaya usted a saber si no las mataba callando- no hizo algún agravio, no abusó, no molestó o no hirió nunca a sus semejantes? Los artistas son, con frecuencia, personalidades atormentadas, sufrientes, inconstantes, llenas de contrastes e incoherencias. Gente que vive en el límite. Así es como, con frecuencia, levantándose por encima de sus miserias, llegan a ver y a plasmar con sus manos las luces que otros, con una vida seguramente más anodina y morigerada, no somos capaces de apreciar.

Rupnik podrá ser un desgraciado, no lo sé, pero dejen en paz a sus mosaicos si lo que expresan es santo y bueno. No oculten los cuadros del asesino Caravaggio. No dejen de disfrutar en las iglesias con el requiem del masón Mozart. No quemen los libros de los escritores alcohólicos o toxicómanos porque perderán la mitad de la literatura mundial. Y sería una pena.