30 nov. 2018

Una máquina de hacer franquistas

Lo puedo volver a repetir, no pasa nada, al fin y al cabo estamos hablando de memoria y ya se sabe que la memoria así es como se ejercita, repitiendo las cosas: Los carlistas fuimos antifranquistas cuando había que serlo. O sea, cuando el general estaba vivito y gobernando. Fue entonces cuando veíamos algunas cosas manifiestamente mejorables en las políticas de la dictadura. La principal era eso mismo, que al ser una dictadura, un gobierno que dictaba y mandaba desde arriba hacia abajo no dejaba demasiado margen para la vida de la sociedad. Eso lo teníamos bastante claro los carlistas allá por los años cuarenta y siguientes, y así se lo manifestamos a quien quiso oirnos. Que en política, el ordeno y mando es pan para hoy y hambre para mañana. Que no es bueno acostumbrar a la gente a recibirlo todo de Papá-Estado.
Ahora, vistas las cosas en perspectiva, cualquiera puede ver con claridad que aquella falta de libertades propia del franquismo era un juego de niños comparado con esta dictadura partitocrática del siglo XXI. No tenemos empacho en reconocerlo porque es verdad. Es cierto que sin aquellos juegos, sin aquel engordamiento del estatalismo propio del régimen anterior, hubiera sido seguramente más difícil a los pequeños dictadores que gobiernan en en los comités llevarnos al grado de sometimiento actual. Lo que ya es innegable a estas alturas es que con Franco había más libertad, había menos cosas prohibidas, había menos presos, había menos leyes, había menos impuestos, había menos inspectores, había menos obligaciones. Por eso, parafraseando al que dijo aquello de “la máquina de hacer independentistas” diremos que la democracia vigente en su pecado lleva su penitencia: es una máquina de hacer franquistas.

29 nov. 2018

La gasolina que alimenta a la Revolución

Es bien conocido que ETA empezó a renquear cuando una tras otra veía cortadas sus fuentes de financiación. Cuando comenzó a escasear la ayuda internacional. Cuando el estado, finalmente, se decidió a acabar con sus tramas de blanqueo. Así es como funciona la Revolución. O con sueldos o con la promesa de un saqueo. Así es como en España triunfó la revolución liberal: con peseteros en el ejército y con caciques encumbrados gracias a las desamortizaciones. Así se levantaron y así es como funcionan los partidos políticos; así es como se mueven las manifestaciones sindicales; así es como sobreviven los movimientos perroflautistas de toda clase. Así es como pagaron los bolivarianos su desastrosa dictadura; así es como se creó el Estado Islámico; así es como se extiende la industria del aborto asesino; así es como propaga el millonario George Soros la ideología de género. Nunca es la fuerza de la razón, ni la bondad de sus propuestas lo que les otorga las victorias. Es el poderoso caballero. Es el dinero. Los verdaderos idealistas son muy escasos en el campo revolucionario. Unos mueren manipulando sus propios explosivos, otros viven ocultos en su logia. Los demás agentes de la revolución antitea se mueven a base de dólares porque la lógica del materialismo y de todas las ideologías egoístas no da para más. Deberíamos estudiar más y mejor cuáles son y de dónde vienen esos dineros. Deberíamos denunciar a todas horas el robo que supone una fiscalidad tiránica, puesta al servicio de la destrucción del orden natural y cristiano. Deberíamos pensar de vez en cuando en la objeción fiscal. La historia de Robin Hood está basada en hechos reales, no lo olviden.

28 nov. 2018

El último carlista del pueblo

La política en general, y no digamos cuando se convierte en política partidista, es un campo abonado para filias y fobias, para seguidismos ciegos y prejuicios sin cuento. En ese mar de la política, surcando guerras y alzamientos, campañas y propaganda, censuras y discursos de oratorias diversas lleva el Carlismo 185 años navegando.
Sería interesante llegar a saber, de verdad, qué es lo que piensan los españoles del Carlismo. Son muchos los que nunca oyeron hablar de nosotros, otros millones pensarán que somos la nostalgia encarnada de unos conflictos olvidados. A falta de estudios sociológicos tiro de experiencia y debo decir que cada día que hablo con unos y con otros me encuentro con personas que ni son carlistas ni creo que lleguen a serlo, pero que se alegran sinceramente de que aún haya carlistas. No está lejos de esa imagen positiva la pintura épica de los requetés, hombres del pueblo que en tantos lugares aparecieron como un milagro y luego desaparecieron humildemente volviendo a la oscuridad de una vida oculta. Los españoles que se alegran de que aún existan carlistas son gentes de a pie que entienden al Carlismo como un punto de referencia inimitable. Les podrá parecer que la actitud carlista es exagerada o monumental al estilo de las viejas catedrales que decía Valle-Inclán. Pero están convencidos de que un mundo sin exagerados o idealistas sería un mundo gris y anodino. No tengo macroencuestas en la mano, lo siento, pero tengo la experiencia cierta de la buena acogida que, por lo general, suele recibir en la calle un alegre grupo de carlistas con su boina roja.
¿Saben en cambio dónde he encontrado a menudo mayor prevención hacia los carlistas? Pues entre los propios carlistas, precisamente. La cosa es normal, porque nosotros lo vemos desde dentro y sabemos perfectamente que el Carlismo, aunque honrado y largo en experiencia, es pobre y limitado. Es por eso que a veces, a fuerza de sinceridad, llaneza y antimaquiavelismo, somos nosotros mismos, los carlistas, nuestro peor enemigo. Y a veces nos olvidamos de que ahí fuera, en los campos y ciudades de España, hay un pueblo que no sólo no tiene un rey como Dios manda, sino que ni siquiera tiene a mano a aquellos carlistas que antaño eran el faro de la España tradicional. Vayan y pregunten por esos pueblos. El último carlista de cada uno de ellos solía ser casi siempre una institución. Y se le echa mucho de menos.

20 nov. 2018

Hay que romper la burbuja de las redes sociales

Las llamadas “redes sociales” -ese invento electrónico que nos aproxima al ajeno y nos aleja del prójimo– son un arma de doble filo por muchas razones. Como cualquier herramienta es susceptible de un uso torcido. Y todo parece indicar que bajo la apariencia de un mundo de libertad sin freno estamos más vigilados y más sometidos que nunca a las directrices de los poderosos.
Por ejemplo, está muy extendida entre los grupos disidentes de toda clase la sensación optimista de que ahora, gracias a internet, podemos llegar a lugares y personas a las que antes era imposible acceder. La cuestión es ¿a quiénes llegamos? Y, más aún, ¿qué pasa después de que llegamos?
Las llamadas redes sociales se fundamentan básicamente en un principio: conecta con tus amigos, ignora a todos los demás. Y ese principio, que en primera instancia nos resulta confortable y adictivo, nos envuelve en una vida fácil llena de amigosseguidores y “me gusta”. Pero ¿qué hay en todo esto del esfuerzo que siempre ha requerido la construcción de la vida social? ¿Qué hay del debate con quien tiene una opinión diferente? ¿Qué pasa con la búsqueda difícil pero gratificante de los puntos comunes con el prójimo incómodo? ¿Qué sucede con los grupos de vecinos en los que está expresamente prohibido hablar de las cosas más importantes del mundo como son la política y la religión? ¿Qué hay -y con esto es como si hablara en chino, lo sé- del amor al enemigo?
Las redes sociales constituyen burbujas acomodaticias en los que cualquier desavenencia se soluciona saliendo del grupo o bloqueando al que parece que insulta. Si las redes sociales fueran la única realidad, si no existiera un mundo real no habría ningún problema. Pero a veces se nos olvida que ahí afuera, donde no rigen las reglas de internet, en nuestras calles y plazas, en la comunidad de vecinos, en nuestro ayuntamiento, en la fábrica o el comercio, no hay “likes” que valgan ni tienes el recurso de bloquear a nadie por las buenas.
Las redes sociales, internet, son estupendas cuando se utilizan como despensa para aprovisionarse de amigos, conocimientos y experiencias. Pero están siendo perniciosas cuando no somos capaces de romper las burbujas endogámicas que tienden a crear.
Es necesario romper la burbuja, salir a la calle, mirar a los ojos al adversario, esforzarse en encontrar las razones que todo ser humano tiene para actuar de una u otra forma. Si no lo hacemos cada uno de nosotros, si nos conformamos con vivir alienados en nuestras respectivas comunidades virtuales, estaremos dejando todo lo demás que es nada más y nada menos que el mundo real, a merced de un poder cada vez más tiránico. Un poder a quien no temblará el pulso para, llegado el momento, aniquilar aquellas burbujas que no sean de su agrado.
Los católicos deberíamos estar vacunados contra esta tentación. Porque si bien es cierto que nuestra cultura social se basa en la idea de comunidad, nuestro mandamiento más original es el amor al prójimo. Y el verdadero prójimo, ese que nos encontramos en el ascensor, por lo general, no suele estar en nuestros grupitos de guasap.

16 nov. 2018

L G T B P

En la nueva farfullería pedagógica feminista que bajo el elegante nombre de “Skolae” están introduciendo en las escuelas de Navarra se habla de “justificar, comprender y liberar de culpa” los “juegos eróticos infantiles”. Según ellos todo vale en el mundo de sus “orientaciones” enfermizas… todo menos la pederastia. ¿Por qué?
Una vez establecidas las premisas ¿qué razón de peso ofrecen para oponerse a la pederastia?
Por mi parte, porque los veo venir, hace tiempo que añado una P a la sopa de letras de las llamadas orientaciones sexuales. Ya se que últimamente los P no son muy bien vistos ni por los L, ni por los G, ni por los T, ni por los B. Pero yo me sigo preguntando ¿por qué?. Algunos se han vuelto tan locos que añaden un “plus” al jeroglífico, como para indicar que dentro del aberrosexualismo cabe cualquier cosa. Y así es realmente: todo cabe, o todo irá cabiendo, incluso hasta el tabú de la pedofilia. Tiempo al tiempo.
A veces tengo la penosa impresión de que la pederastia es mantenida fuera de la sopa de letras del aberrosexualismo sólo porque en estos momentos les resulta más útil dejarla fuera, sirviendo como ariete ignominioso con el que golpear a la Iglesia. Sin embargo la realidad, la cruda realidad, es que los casos de pederastia entre los curas, aunque haberlos haylos, no son grandes ni generalizados sino pequeños y escasos en comparación con los casos encontrados en otros grupos humanos. Otra cosa es la mafia homosexualista que tiende a crecer, lógicamente, cuando se olvida que la homosexualidad es un desorden. Pero ese es otro tema y con ello no se meten los elegetebeistas.
La prueba, en fin, de que las aficiones de los progres se deslizan cada vez de forma más descarada hacia la corrupción de menores es ese empeño que demuestran los ideólogos del género en llevar sus obsesiones a los centros escolares. No olviden que en la ideología de género “todo cabe, y todo es respetable”. Todo al parecer menos aquello que la gente normal entiende como relaciones normales. Eso son rarezas del heteropatriarcado machista y del romanticismo. Claro.

15 nov. 2018

La dictadura perfecta

Año 2018: vivimos en un régimen de dictadura perfecta. ¿Quién dijo que elecciones es lo contrario de dictadura? ¿Acaso nunca llegan los dictadores al poder mediante procesos electorales? ¿Y no convocan referendums o elecciones de diversas clases cuando les parece oportuno? La soberanía absoluta que la revolución liberal trasladó hace 200 años de los reyes corruptos a los parlamentos reside hoy en los comités del PPSOECIUDEMOS, y castiga cualquier disidencia sin piedad. Por eso nuestro principal reto consiste en romper todos esos esquemas casposos de izquierda, derecha, partitocracia, soberanía nacional, estadolatría, laicismo… Tenemos que enseñar que podría haber vida política verdadera más allá toda esa basura revolucionaria.
¿Somos extremistas por pensar así? Todos sabemos que, como dice cierta ministra siempre habrá alguien de extrema, extrema, extrema… normalidad. Y esos somos los que nos negamos a pasar por el aro anticatólico y antiespañol que nos proponen.
¿Pero no sería mejor, más práctico -nos dice el abogado del diablo- trabajar desde dentro del sistema para cambiarlo desde dentro? Esa sería precisamente nuestra mayor ilusión: vivir, trabajar, participar en un sistema de libertad, de leyes justas y de autoridad legítima. Pero es muy ingenuo pensar que sea posible hacer algo parecido en las actuales circunstancias. El peaje que habría que pagar para que los políticamente correctos nos permitieran meter un pie dentro del sistema sería elevadísimo: reconocimiento de la Constitución liberal y laicista, atea en la práctica; definición de España como una marca; aceptación de la falsa monarquía; sometimiento a las reglas mentirosas del juego electoral; aprobación de la soberanía nacional y del estatalismo; sumisión a la cultura extranjerizante; olvido de la hermandad hispana… No, no merece la pena. Deseamos lo mejor a quienes, con su mejor voluntad, creen que aún es posible explorar esa vía. Pero nosotros, los carlistas, no haremos ese viaje. Pagar ese precio sería tanto como dar por muerta a la España tradicional. Renunciar a una reconstrucción plena del orden cristiano.Y si perdiéramos esa esperanza ¿qué nos quedaría?

13 nov. 2018

No somos Podemos. Somos Sabemos

La política moderna, no se si desde los tiempos de Maquiavelo o desde los de Caín, se basa en la razón de la fuerza, de la voluntad y de los hechos consumados. Se basa en lo que queremos hacer, en lo que podemos hacer. Y así nos va. Hemos creado un mundo en el que, como decía Rubén Darío “en donde pones la bala, el porvenir pones”, porque primero se dispara y luego se pregunta. Primero se aplican los inventos y luego se reflexiona sobre sus consecuencias. Primero se exige la implementación de la ideología de moda y luego, cuando el mal del aprendiz de brujo ya está hecho, se rasca uno la cabeza para empezar a pensar en la ideología siguiente que nos sacará del atolladero en que nos metió la anterior. Nadie nos garantiza que un gobierno de los filósofos, como el propugnado por algunos griegos antiguos, fuera mejor o más justo. Posiblemente lo más deseable fuera un equilibrio entre la reflexión y la acción. ¿Y no era eso lo que pretendieron los constructores de la Cristiandad cuando decidieron separar el poder temporal del poder espiritual?
En este momento del “fin de la historia” y del triunfo del liberalismo inmanentista, lo que se lleva es la doctrina americanista del “yes, we can”. Activismo puro y duro. Es lo que hay.Y como podemos, lo hacemos. Sin más ceremonias. Y por eso nos sale casi todo mal. Aquello del “Potuit, decuit, ergo faecit” nos enseña que la prudencia, el estudiar la conveniencia de las cosas, es una virtud divina totalmente olvidada entre los hombres políticos. Por eso, nosotros, si queremos hacer algo útil y sostenible, más vale que nos olvidemos del podemos y busquemos mejor el sabemos.

9 nov. 2018

Dar la cara

Es mucho mejor dar la cara que ir por ahí con un antifaz o una careta de Guy Fawkes. No sólo es que sea más digno comportarse con valentía, es que además es más práctico. Hace muchos años fuí un gran lector de las novelas de El Coyote. En ellas José Mallorquí contaba con maestría y documentadísima ambientación histórica las peripecias de un rico hacendado californiano que en sus ratos libres, en su vida oculta, era la justicia personificada. Esta figura del héroe enmascarado, del superhéroe americano, es un tipo literario moderno que no deja de tener su atractivo. Sin embargo, si lo pensamos bien, tiene un punto de cobardía burguesa y de engaño que no es demasiado elegante. Y además, resulta poco práctico. Es mucho más sencillo ser lo que se es, actuar con transparencia, decir lo que se piensa, ser libre. Es mucho menos engorroso. No hace falta para ello ser millonario ni disponer de un castillo con grutas secretas. Eso sí, necesitas un punto de locura quijotesca, un momento de decisión para empezar a ser caballero andante a tiempo completo. Nada de reservarse don Alonso Quijano un refugio para tomar chocolate con el cura por las tardes. Caballería cien por cien. Cyrano de Bergerac en lugar de Batman.Y si se vuelve a casa que sea porque te han molido a palos por causa de la justicia.
Si han conseguido leer hasta ahí pensarán que me estoy poniendo tremendista. Veamos… Tampoco estoy pidiendo que se vaya al supermercado con boina roja. Lo que digo es que, en general, suele ser mucho más rentable no preocuparse por el camuflaje y vivir sin ocultamientos. ¿Qué es lo peor que nos podría pasar? Es una pregunta sencilla que no nos solemos formular y que en la mayoría de los casos nos ayudaría a controlar el miedo con el que el sistema pretende someternos a los disidentes. Porque, de verdad, ¿se puede vivir con miedo?. ¿Merece la pena? Habrá momentos, no digo que no, en los que las cosas se pondrán aún más difíciles y habrá que mirar por la supervivencia, pero por lo general no estamos hablando de eso sino de la incomodidad de un martirio incruento. Por todo ello creo que ser siempre uno mismo es lo mejor: es más simple, más ecológico y más barato.

Vamos a hablar cada vez más de la Hispanidad

Vamos a hablar cada vez más de la Hispanidad

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Carta del presidente de la Comunión Tradicionalista Carlista, 
publicada el 9 nov 18 en www.carlistas.es
Queridos carlistas:
La idea de Hispanidad, la defensa de la vieja Monarquía Católica, siempre fue un componente esencial del Carlismo. Sin embargo, el estado de guerra civil casi permanente que se viene desarrollando, desde hace ya doscientos años, en cada uno de los pedazos del antiguo Imperio ha provocado en los españoles peninsulares -incluso entre nosotros, los propios carlistas- una cortedad de miras impuesta por la urgencia de las batallas ibéricas que contrasta con la amplitud de espíritu propia de los españoles del siglo de Oro.
En el momento presente, perdida toda esperanza humana en una restauración monárquica de la Hispanidad, hemos de volver, definitivamente, nuestros ojos al ideal primero, al de aquella Reconquista que lejos de detenerse en el Estrecho saltó el Océano para extender la Cristiandad por medio Mundo. No se trata, como digo, de algo nuevo dentro del Carlismo, pero sí podría ser nuevo, tal vez, el énfasis con el que ahora deseamos abordar esta lucha por la Hispanidad. De ello hemos hablado en nuestro último Congreso y en esa misma estela se enmarcan los Premios Hispanidad Capitán Etayo cuya entrega acabamos de realizar.
De todos es conocido, por ejemplo, el emblema de la Cruz de San Andrés, la cruz de los antiguos gloriosos Tercios que fue tan dignamente rescatada para las páginas de la épica hispana por los no menos gloriosos Tercios de los Requetés. Ha llegado hasta tal punto nuestra identificación con ese emblema y los ideales que representa que algunos han llegado a verlo como si fuera el logotipo de un partido político. Nosotros mismos hemos caído a veces en esa tentación partidista. Y no debe ser así. Una cosa es que nosotros, para nuestras organizaciones, utilicemos de forma preferente el emblema hispano de la cruz de San Andrés y otra, bien distinta, es que pretendamos tener la exclusiva y asimilar esa bandera a la de un partido político. La verdad es que si nosotros recogimos esa bandera es porque estaba abandonada. Pero somos conscientes de que no es propiedad de los carlistas sino de todos los españoles de bien.
Dicho esto. ¿Qué es lo que vemos los carlistas de especial en nuestra gran Hispanidad? Es decir, ¿Cuál es, desde nuestra experiencia política, el meollo, la síntesis original que ha aportado la Hispanidad al Mundo? Podríamos sintetizar toda la gran obra de la Hispanidad en dos de nuestros lemas más queridos:
Nada sin Dios. Los hispanos del descubrimiento, conquista y evangelización de las Españas de ultramar eran católicos a tiempo completo. Bautizaban con denominaciones cristianas a sus hijos, a sus naves, a las tierras descubiertas y a las nuevas ciudades. Y no lo hacían mirando cuotas o tratando de contentar a un poder religioso extraño sino que lo hacían por puro convencimiento. El Evangelio era siempre el límite que garantizaba el derecho de los débiles. Y era el acicate que impulsaba el heroísmo de los fuertes. Aquellos españoles miraban a los ojos a la muerte, no tenían miedo, eran invencibles, porque eran capaces de sobrenaturalizarlo todo.
Más sociedad y menos estado. En segundo lugar, no se puede entender la extensión y el grado de civilización alcanzado por los territorios de la Monarquía Católica -orden mantenido con un número ridículamente bajo de funcionarios reales- sin asimilar el concepto de libertad que caracteriza a la tradición política española. La libertad, decía Aparisi, es el reinado de las leyes cuando las leyes son justas. Y la justicia consiste en dar a cada uno lo suyo. Y las leyes justas, las que dan su libertad a cada uno, a cada persona, a cada familia, a cada cuerpo social natural… son los fueros. Privi-legios solamente en el sentido original de ley propia, de ley hecha a la medida de cada cual. Ya desde las primeras Leyes de Indias, impresiona el respeto a la persona y a la organización social natural de cada territorio; la confianza optimista depositada por la Monarquía en los pueblos que fueron constituyendo el mosaico hispano.
¿No seremos capaces de encontrar los pueblos hispanos en esta historia común, en esta tradición vivida, en estos altos ideales, energía suficiente como para aspirar a alguna clase de unidad hispana? El Carlismo, este viejo movimiento político ibérico, derrotado por las ideologías triunfantes, desgastado en cien batallas, tiene todavía la misión de transmitir una lealtad ininterrumpida, la memoria de una Monarquía Católica que es la antítesis del mundo moderno revolucionario. Una memoria que no es un vago sueño futuro sino el recuerdo vivo de algo que se hizo carne y hueso en todos los países hispanos. Algo que conocemos perfectamente aunque no siempre sepamos definirlo. Algo que amamos y sabemos que funciona aunque sólo sea por pura inercia, porque aún hoy, en medio de la niebla de un mundo que quiere quitarnos a Dios y hacernos esclavos, es la esperanza que nunca perderemos.
F. Javier Garisoain Otero
Presidente de la Comunión Tradicionalista Carlista

8 nov. 2018

Sus Derechos Humanos y su Constitución

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobada por las Naciones Unidas en 1948 afirma en su artículo 26.3: “Los padres tendrán derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse a sus hijos”.
La Constitución Española del 78, a su vez, en el artículo 27.3 dice: “Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”. Y aún lo deja más claro cuando en el mismo artículo (27.7) especifica que: “Los profesores, los padres y, en su caso, los alumnos intervendrán en el control y gestión de todos los centros sostenidos por la Administración con fondos públicos, en los términos que la ley establezca.”
O sea, que según la Declaración de los Derechos Humanos y la Constitución española vigente nadie tiene derecho a corromper a tus hijos. Es decir, que con la ley en la mano nadie tiene derecho a enseñar ideología de género a tus hijos.
Se supone que la mencionada Declaración y no digamos la Constitución son normas supremas que establecen un marco al que deben someterse todas las demás leyes. No lo digo yo que soy un carca. Lo dicen en sus propias leyes los políticos del PPSOECIUDEMOS. Esos que están empeñados en comer el coco a tus hijos. Así pues te recomiendo que te informes. Que exijas tus derechos. Que actúes y que te rebeles. Que si no lo haces por eso, por la formación y por el alma de tus hijos, ¿por qué lo harás?
No faltará algún ayatolah que me diga que al exponer estos argumentos, más que defender la causa de la ortodoxia, estoy reconociendo alguna autoridad a los documentos mencionados. Pero… vamos a ver. Si yo fuera un talibán escondido en una cueva haría caso a esos llorones. Si. Pero sólo soy un perro pastor político que hace lo que puede, que critica lo vigente señalando sus contradicciones y que entra en diálogo con personas de carne y hueso que por alguna extraña razón aún creen en la Declaración de los DD.HH. y en la Constitución. Es a esas personas a las que considero que hay que pagarles con su misma moneda. Para que así entiendan de una vez que se trata de moneda falsa.