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20 nov 2018

Hay que romper la burbuja de las redes sociales

Las llamadas “redes sociales” -ese invento electrónico que nos aproxima al ajeno y nos aleja del prójimo– son un arma de doble filo por muchas razones. Como cualquier herramienta es susceptible de un uso torcido. Y todo parece indicar que bajo la apariencia de un mundo de libertad sin freno estamos más vigilados y más sometidos que nunca a las directrices de los poderosos.
Por ejemplo, está muy extendida entre los grupos disidentes de toda clase la sensación optimista de que ahora, gracias a internet, podemos llegar a lugares y personas a las que antes era imposible acceder. La cuestión es ¿a quiénes llegamos? Y, más aún, ¿qué pasa después de que llegamos?
Las llamadas redes sociales se fundamentan básicamente en un principio: conecta con tus amigos, ignora a todos los demás. Y ese principio, que en primera instancia nos resulta confortable y adictivo, nos envuelve en una vida fácil llena de amigosseguidores y “me gusta”. Pero ¿qué hay en todo esto del esfuerzo que siempre ha requerido la construcción de la vida social? ¿Qué hay del debate con quien tiene una opinión diferente? ¿Qué pasa con la búsqueda difícil pero gratificante de los puntos comunes con el prójimo incómodo? ¿Qué sucede con los grupos de vecinos en los que está expresamente prohibido hablar de las cosas más importantes del mundo como son la política y la religión? ¿Qué hay -y con esto es como si hablara en chino, lo sé- del amor al enemigo?
Las redes sociales constituyen burbujas acomodaticias en los que cualquier desavenencia se soluciona saliendo del grupo o bloqueando al que parece que insulta. Si las redes sociales fueran la única realidad, si no existiera un mundo real no habría ningún problema. Pero a veces se nos olvida que ahí afuera, donde no rigen las reglas de internet, en nuestras calles y plazas, en la comunidad de vecinos, en nuestro ayuntamiento, en la fábrica o el comercio, no hay “likes” que valgan ni tienes el recurso de bloquear a nadie por las buenas.
Las redes sociales, internet, son estupendas cuando se utilizan como despensa para aprovisionarse de amigos, conocimientos y experiencias. Pero están siendo perniciosas cuando no somos capaces de romper las burbujas endogámicas que tienden a crear.
Es necesario romper la burbuja, salir a la calle, mirar a los ojos al adversario, esforzarse en encontrar las razones que todo ser humano tiene para actuar de una u otra forma. Si no lo hacemos cada uno de nosotros, si nos conformamos con vivir alienados en nuestras respectivas comunidades virtuales, estaremos dejando todo lo demás que es nada más y nada menos que el mundo real, a merced de un poder cada vez más tiránico. Un poder a quien no temblará el pulso para, llegado el momento, aniquilar aquellas burbujas que no sean de su agrado.
Los católicos deberíamos estar vacunados contra esta tentación. Porque si bien es cierto que nuestra cultura social se basa en la idea de comunidad, nuestro mandamiento más original es el amor al prójimo. Y el verdadero prójimo, ese que nos encontramos en el ascensor, por lo general, no suele estar en nuestros grupitos de guasap.

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