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1 abr 2025

Lo de Rupnik


Me entero del caso de Marko Ivan Rupnik, sacerdote, exjesuita y artista esloveno cuyas obras están siendo "canceladas" en Lourdes -y supongo que pronto lo serán en otros lugares conocidos- con ese estilo un tanto puritano del mundo moderno que tiene la mala costumbre de confundir autor y obra, mezclar mensaje con mensajero.

Personalmente no conozco a ese señor cura-artista de nada; no tengo ni idea de cuál ha sido su trayectoria más allá de lo que acabo de leer en la wikipedia; no es asunto mío estudiar los altibajos de su vida espiritual, psicológica o sexual. Tampoco me emocionan particularmente sus obras. Lo que tengo muy claro es que esa actitud de arremeter contra las obras para castigar al pecador es una actitud infantil y absurda.

Las creaciones humanas, ya sean literarias, musicales o artísticas de cualquier clase, cobran vida propia en cuanto salen de las manos y la mente de su creador. Si Rupnik merece un castigo, que sea castigado. Pero no la tomen con sus obras, que son inocentes de los delitos de su padre. Dice el obispo de Tarbes que algunas víctimas de Rupnik se han negado a pasar por la puerta santa de Lourdes porque está decorada con dibujitos de su agresor. Con todos mis respetos, si yo fuera el obispo de Tarbes les habría dicho a esas señoras, con todo mi cariño, que eso es una tontería, que el símbolo de la puerta santa está por encima de un mosaico, por encima del carpintero que puso las bisagras y por encima del artista que se ocupó de la decoración del lugar.

Si hubiéramos de tapar o destruir todas las obras de arte pintadas o esculpidas por algún presunto delincuente no quedarían en pie ni los bisontes de Altamira. ¿Qué artista, aparte de Fra Angélico -y vaya usted a saber si no las mataba callando- no hizo algún agravio, no abusó, no molestó o no hirió nunca a sus semejantes? Los artistas son, con frecuencia, personalidades atormentadas, sufrientes, inconstantes, llenas de contrastes e incoherencias. Gente que vive en el límite. Así es como, con frecuencia, levantándose por encima de sus miserias, llegan a ver y a plasmar con sus manos las luces que otros, con una vida seguramente más anodina y morigerada, no somos capaces de apreciar.

Rupnik podrá ser un desgraciado, no lo sé, pero dejen en paz a sus mosaicos si lo que expresan es santo y bueno. No oculten los cuadros del asesino Caravaggio. No dejen de disfrutar en las iglesias con el requiem del masón Mozart. No quemen los libros de los escritores alcohólicos o toxicómanos porque perderán la mitad de la literatura mundial. Y sería una pena.

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