Se puede luchar en todo y con todo. Y de tantas formas diferentes que parece que hablar de lucha parece que no es decir nada. En los tiempos primitivos, cuando luchar significaba romper cabezas o embestir con una lanza nos entendíamos mejor. Ahora luchamos, o nos creemos que luchamos, escribiendo un tuit incisivo. Nos hemos vuelto tan finos que si alguna vez nos encontramos con una lucha auténtica corremos a llamar a la policía, porque nos parece intolerable un simple empujón, no digamos lo que sería un cruce de espadas. Y sin embargo hay algo que permanece en el espíritu humano más allá de las formas cambiantes. Es una actitud que tiene que ver con el coraje, es un espíritu que nace del hombre libre y que se puede poner del lado de una causa noble lo mismo que de cualquier vicio. A veces el espíritu de lucha es lo único que distingue al vivo del muerto. Al dueño de sí del esclavo. Ya podríamos rendir pleitesía intelectual a la mejor de las causas, podríamos asentir y hasta dejarnos enrolar en cualquier ejército, si nos falta el espíritu de lucha no seremos mas que un bulto arrojadizo, pura carne de cañón. El espíritu de lucha vive hoy apenas refugiado y estilizado en el deporte, o desnaturalizado de su sentido originario cuando se habla de la lucha contra la enfermedad. Cuesta ver luchadores de verdad en la empresa, en la justicia, en la verdad. Lo propio de la lucha no es el recurso a la fuerza necesariamente sino la existencia de una confrontación cuerpo a cuerpo. Por eso las guerras futuristas, protagonizadas por drones asesinos o por misiles de largo alcance no son verdadera lucha y son por ello manifestaciones extremas de inhumanidad.
Cuando luches, ya sea físicamente o con alguna de las técnicas incruentas de la modernidad, procura mirar cara a cara a tu enemigo. Trata de comprender sus razones, o sus errores, y de respetar su decisión y su valentía de luchador. Entenderás que la verdadera victoria no consiste en aniquilar al adversario sino en transformarlo en compañero de lucha.1 nov 2021
1 ene 2021
¡Libera! (Que Alguien Haga Algo nº47)
Hay una forma física y directa de otorgar la libertad al cautivo que consiste en derribar el muro de la prisión. No es esa sin embargo la manera más cristiana de hacer las cosas. Cristo es el gran libertador, pero la liberación que nos predica con su ejemplo es de esa clase que llamamos redención. El Redentor, el que redime, es aquel que nos re-compra pagando con su propia sangre. No es un liberador cualquiera. No es una fuerza bruta, ni una casualidad, tampoco un afán justiciero. No se limita a exigir un derecho y no lloriquea cuando no se lo conceden. Un redentor es alguien que está dispuesto a hacer lo contrario que hizo Judas Iscariote. Alguien que está preparado para pagar un precio claramente abusivo, un chantaje inaceptable, a sufrir una extorsión en toda regla. Por eso durante siglos los campeones de la auténtica teología y pastoral de la liberación cristiana fueron los padres Mercedarios, frailes-caballeros, cristianos prácticos, reunidos en el siglo XIII por un joven comerciante catalán llamado Pedro Nolasco. Ellos no hacían ascos a la hora de negociar con los terroristas de Berberia. Estaban dispuestos a pagar y, a menudo, lo hacían con la propia viva.
Este espíritu redentorista es el que nos invita a vivir la obra de misericordia cuando habla de socorrer al cautivo. Es una llamada a la liberación de los hermanos que va más allá de la reivindicación, la recogida de firmas o el activismo de pancarta. Es una exigencia dolorosa de rescate.
Hoy existen muchas formas de cautividad. La libertad, ya sea física o del espíritu, tiene muchos enemigos en un mundo cada vez más encorsetado. Por eso si pretendes dedicar tu tiempo y energías a la redención de tus hermanos necesitarás imaginación e ingenio. Y perderás la vida y la ganarás y serás feliz.
1 nov 2020
¡Corrige! (Que Alguien Haga Algo nº46)
¡Qué importante es el cómo a la hora de corregir al otro! Incluso para corregirse a uno mismo habría que medir mejor las palabras... Cuánto más a la hora de pisar ese territorio sagrado que es la conciencia del vecino. Hay misericordia en el deber de corregir, por supuesto, y hay ocasiones en las que hay además urgencia, y se precisa energía. Pero también sucede que la intención de corregir queda en agua de borrajas cuando falta prudencia en la administración del correctivo. La receta para una buena corrección todos la sabemos: verdad, oportunidad, amor, proporcionalidad y petición de perdón. Son ingredientes que han de aplicarse en la dosis adecuada excepto el último, que nunca es suficiente por muchas disculpas que se soliciten por parte del corregido.
En esencia el arte de la corrección está en saber distinguir el error del errado, el hecho condenable de la intención y hasta de la trayectoria del amonestado. Corregir bien es una tarea para cirujanos del alma, para personas humildes que sepan lo que hacen sin que ello les haga ensoberbecerse de su sabiduría.
Hay tantas cosas corregibles en todo lo que hacemos que el mayor error de los correctores es no tener paciencia suficiente para seleccionar. Lucidez y ojo clínico para elegir en cada momento aquello que ha de ser señalado para su corrección.
De todas formas hay que arriesgarse. A veces es peor dejar pasar los errores, los desequilibrios, las mentiras o las maldades que entrar a corregir como quien entra a matar. Pienso en la corrección y lo primero que se me ocurre es pedir que se haga en la forma correcta. Pero, al mismo tiempo soy consciente de una cosa: que la peor corrección es aquella que se deja de hacer. Las correcciones mal recibidas del pasado podrían llegar a ser las que con mayor ilusión se transmitieran a la generación siguiente. En caso de duda corrige. Corrige que algo queda.
25 oct 2020
¡Ordena! (Que Alguien Haga Algo Nº45)
A pesar de la marea informática de los ordenadores, el orden tiene mala prensa entre los progres porque recuerda la existencia de criterios inmutables que habitan por encima de la voluntad individual. La imagen del científico loco, o del artista bohemio, que necesitan del desorden para invocar a las musas está sobrevalorada. O, en todo caso, lo que vendría a demostrar es que el proceso creativo consiste en pasar del caos a la armonía, de las tinieblas a la luz, de la nada amorfa al orden limitado de las formas. No se puede ser siempre desordenado en todo: hay artistas autodenominados “de vanguardia” que renunciaron a ordenar todo aquello que producen excepto sus facturas y sus cuentas bancarias.
En el ámbito social y político cualquier tarea rectora consiste también en ordenar las cosas. Por eso aquel que tenga verdadera vocación política procurará impulsar leyes que se ajusten a la razón más que a la voluntad caprichosa de la moda, el sentimiento o la masa. Pero atención porque el orden de cada cosa no tiene por qué ser un orden matemático, cuadriculado o simétrico. El desorden aparente de una familia numerosa no es tal cuando, al final, consigue dar a cada uno lo suyo. Orden no significa igualdad sino jerarquía, escala de valores, graduación de los bienes y de los males, respeto máximo hacia el transcurrir complejo de la vida misma. Una sociedad que, llegado el caso, fuera capaz de sublevarse anárquicamente contra la tiranía demostraría ser más ordenada que otra que, en sus mismas circunstancias, se contentara con ser un cuadriculado cementerio, una comunidad momificada, perfecta, inútil y estéril.
“El orden ahorra tiempo, ayuda a la memoria y conserva las cosas”, este sabio consejo, bordado y enmarcado, debería estar siempre bien visible en todo hogar o empresa decente. Ordenar es algo que podemos hacer en cualquier circunstancia. Cualquier momento es bueno para ordenarse la vida, los horarios, las costumbres, las ideas; para ayudar al orden en la comunidad más próxima; para ordenar después a otros facilitando el milagro de la obediencia; para ser, en fin, hijos reconocibles de Dios creador.
27 feb 2020
¡Adoctrina! (Que Alguien Haga Algo nº43)
La doctrina es el alimento del alma. Los malos alimentos no se combaten con hambre sino con alimentos buenos. Las doctrinas perversas no se frenan con el vacío imaginario de los liberales sino con la sana doctrina.
Adoctrinar a los hijos es lo que cabe esperar de un buen padre. Es normal que un caníbal adoctrine a sus hijos en el canibalismo. Es posible que el considerar a sus hijos dignos de adoctrinamiento sea lo único bueno que haga. Porque lo malo es su canibalismo, no su paternidad.
Adoctrinar es, al fin y al cabo, una forma de alimentar. Es la forma ordinaria que -salvo casos parapsicológicos de ciencia infusa- utilizamos los seres humanos para amueblarnos el cerebro, y para ordenar la conciencia. Sin adoctrinamiento no hay ser humano, no hay tradición, no hay crecimiento social sino pura animalidad, puro instinto genético. Por eso, cuando uno deja de adoctrinar sucede que viene otro para llenar el vacío. Si hiciéramos caso a aquellos ingenuos que nos previenen “en contra de todo tipo de adoctrinamiento” estaríamos condenando a los jóvenes al engaño de las ideologías, y a la programación de aquellos que no les aman.
4 feb 2020
¡Filosofa! (Que Alguien Haga Algo nº44)
Cuando dijo Dios que todo era bueno no dijo que fuera perfecto. La filosofía perfecta hace daño, como un zapato sin curvas. La filosofía verdadera en cambio se adapta siempre a nuestras necesidades vitales porque no tiene límites. Porque siempre será posible descubrir algún nuevo misterio, reencontrar cualquiera de los hilos que nos conectan con las raíces de todo.
Dicen que la educación moderna no enseña a los niños a filosofar porque no anima a descubrir de dónde vienen las cosas. Si la leche sale de la nevera y las respuestas de google... ¿para qué quiero saber más? Es lo que tiene vivir de rentas y descuidar el agradecimiento a nuestras raíces. Por eso es tan importante la filosofía, porque despierta en nosotros la curiosidad sobre el porqué de las cosas. Filosofa. Piensa. Lee a los que pensaron antes que tú. Esa manera de entender tu paso por el mundo te convertirá en un ser más lúcido. Y más agradecido.
24 ago 2019
¡Lee!
22 feb 2016
¡Piensa! (Que Alguien Haga Algo Nº3)
Hasta el enfermo más inmovilizado puede pensar. Claro que para ello es preciso un poco de silencio, de sosiego, de tranquilidad... Si viéramos menos la tele y pensáramos un poco más haríamos más cosas y mejor hechas. El atolondramiento del consumismo, los atascos y las colas y la masificación en los lugares de moda, el endiosamiento de los super-ventas y de los super-votos, la “estadistificación” de todo lo que pasa, son cosas que tendrían mucha menos importancia si dedicáramos unos minutos a pensar. Y no se trata de pensar por no hacer, sino de pensar qué es lo que puede hacerse. Al final resulta que detrás de la ceguera estúpida del “¡señor-si-señor!” que vemos en las pelis de “marines” siempre hay alguien que está pensando. No es preciso repensarlo todo. Lo importante es adquirir un criterio, un punto de apoyo que te permita saber qué es lo que opinas tú mismo de cada cosa y qué quieres o no quieres hacer con tu vida. La prueba de que actualmente no se piensa es que cada vez resulta más fácil cambiar de forma de pensar. Rectificar es cosa de sabios, naturalmente, pero cambiar de criterio según quien sea el que manda es cosa de necios. Del cambio oportunista de chaqueta que practicaban los trepadores de antaño hemos llegado al cambio de cerebro como si no fueran las neuronas propias una cosa seria y delicada. ¿Que no tienes tiempo ni para estresarte?... pues piensa. ¿Que no sabes qué hacer?: ¡pues apaga la tele y piensa!
AHORA INFORMACION 118
21 feb 2016
¡Da! (Que Alguien Haga Algo Nº2)
Ya casi nadie guarda sus euros en el calcetín. Cada vez tiene menos sentido la expresión “rascarse el bolsillo”. Ese dinero maldito que tanto idolatramos se ha convertido poco a poco en un ser casi espiritual. Los avaros ya no apilan piezas de oro sobre mesitas mugrientas. Todo son sumas y restas. Simples sumas y simples restas ejecutadas en soportes magnéticos que se archivan en ignotos ordenadores gigantescos y que pueden ser consultadas y modificadas en cada sucursal bancaria. Nunca había sido tan fácil como ahora dar dinero. Creo que hace muy bien nuestra Iglesia en seguir pasando el cestillo en el ofertorio. Tal vez si un día se desenchufan todos los ordenadores del mundo sean los párrocos los únicos que sigan recaudando. Sin embargo todo lo que queda por hacer necesita algo más que las monedillas que deja nuestra conciencia en el templo cada semana. Olvidémonos del 0,7%. Eso quizás esté bien para la Coca-Cola y para el Gobierno. Nosotros tendríamos que volver a pensar en el diezmo y aprender a tratar al dinero no como a un señor sino como a lo que es: un medio. Nadie creerá en los cristianos si ven que no damos. Y si no se puede dar tiempo porque la vida moderna está muy achuchada al menos sí se puede dar dinero. El dinero hay que usarlo, gastarlo, invertirlo, ponerlo a producir al servicio de Causas como las que defiende esta revista. Que nadie se engañe: la famosa y respetable virtud del ahorro no es la más cristiana. El único ahorro que bendice el Evangelio es el que aquellos que atesoran sus méritos en el Cielo.
AHORA INFORMACION 117
25 jun 2013
¡Participa! (Que Alguien Haga Algo Nº6)
Si supiéramos cuántas cosas buenas han dejado de hacerse por culpa de todas esas veces que hemos dejado de ir a una reunión... Da igual que sea la de vecinos o la de padres o la de cualquier asociación. Cuántas veces pasa que los que deciden qué se hace, o en qué se gasta el dinero del común, son personas que no tienen sino motivos puramente personales para participar en esas decisiones. Y naturalmente que puede ser legítimo participar en el ayuntamiento de tu pueblo cuando te quieren expropiar el huertico. Pero entre lo legítimo y lo cristiano hay un trecho. Siempre se puede hacer más, participar más, dedicar más tiempo a cosas de la res pública por la única razón de que van a servir a los demás. Hay que ser muy generoso para participar por amor al arte o, mejor dicho, por amor a la comunidad, a la gente, a la Patria. Pero hay que serlo y con más motivo cuando se pretende llevar la etiqueta de carlista con coherencia. El sistema liberal presume de democrático pero detesta la participación porque ésta, por naturaleza, no puede limitarse al raquítico esquema de individuo-urna- estado. La verdadera participación se ríe del “un hombre un voto” para poner en nuestra mano cien sufragios. Esas son las armas con que contamos para colarnos por las rendijas del sistema. Y da igual que nos tumben con malas artes hasta 90 de los 100 intentos. Porque lo importante para nosotros, igual que para los buenos deportistas no es ganar, sino participar.
Ahora información 121
24 mar 2013
¡Manifiéstate! (Que Alguien Haga Algo Nº5)
Manifestarse es confesar, es proclamar. Requiere valor, compromiso, decisión. No es cuestión de tener tiempo sino razones. Dicen los prácticos a veces -cuando no les duele nada- que manifestarse no sirve para nada. Es cierto; porque es un arte, no admite prisa, no se puede vivir de ello. Pero es como el respirar, la filosofía y el querer. Sirve y no sirve. Parece que no sirve, pero suele producir frutos insospechados. Y por cierto que para practicar este deporte no hace falta demasiada parafernalia.
Para sujetar una pancarta se bastan dos personas. Dos sólamente para hablar en plural y sostener caiga quien caiga, allí donde haga falta, una idea, una frase, un mensaje. No es preciso nada más para montar una buena manifestación. Piénsalo bien antes de hacerla, ponte de acuerdo con un amigo. Cuando salgáis a la calle con vuestra pancarta proclamando que “Nosotros pensamos esto y lo otro” haréis mucho bien si es verdad lo que decís. Y no te preocupe nada más. El detalle del número es ciertamente muy relativo. Lo más importante es el contenido y la dignidad de los que se manifiesten. Un periodista puede -sin necesidad de mentir- hacer una crónica emocionante de una concentración de seis personas o transmitir una imagen negativa de dos mil. Tenlo en cuenta. Tampoco manifestarse es la panacea, pero haz la prueba: te quedarás a gusto, harás pensar, ordenarás tus propias ideas, aprenderás a defenderlas, darás testimonio... y hasta puede que empieces a comprender a los mártires.
AHORA INFORMACION 120
29 ene 2013
¡Asociate! (Que Alguien Haga Algo Nº4)
10 dic 2005
¡Acude! (Que Alguien Haga Algo Nº1)
Hay ocasiones en las que uno se cree que no sirve para nada. ¿Qué más podría hacer aparte de rezar? -piensa-. Y sin embargo uno tiene piernas todavía. E incluso tiene tiempo de sobra porque está jubilado, o parado, o enfermo. Tal vez uno se cansa de leer, y no sabe hablar, y no tiene dinero, ni contactos, ni medios, ni siquiera ganas. Pero hemos descubierto que tiene piernas y tiempo. Pues que sepa que hay obras buenas que necesitan sólamente esas dos cosas. Se trata de la acción más sencilla, más humilde, más generosa. Y consiste simplemente en acudir allí donde se pueda “hacer bulto”. En estos tiempos del anonimato internetero y de los ciberforos etéreos es cada vez más valiosa la pura presencia física. ¡Qué pocas convocatorias públicas son capaces de presumir por la cantidad de personas concurrentes! ¡Y qué importante es para los espíritus más tibios verse acompañado por mucha gente! Es lo primero que se pregunta cuando se quiere saber cómo ha ido cualquier convocatoria contra corriente: “¿había mucho público?”. Hay decenas de conferencias, manifestaciones, procesiones, actos civiles y religiosos en los que ese humilde jubilado podría dar algo muy valioso: su presencia. ¡Arréglese Vd.! ¡Póngase guapo o guapa! y acuda allí donde le van a dar las gracias simplemente por hacer acto de presencia. ¡Quién sabe... puede que aprenda algo, puede que anime a otros, puede que conozca a personas que le necesitan, puede que hasta haya canapés!
AHORA INFORMACION 116











