"Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos". (Mt. 20:25)
En estas palabras de Nuestro Señor se condensa toda la idea de política cristiana. Y fijaos que Jesús dice, como con optimismo: "No será así entre vosotros". Claro, él ya sabía que una cosa es el Ideal al que aspiramos y otra cosa es la pobre realidad de nuestros intentos. Pero, aún así, ¡qué importante es tener claro ese Ideal!
Dicen que en la antigua Roma los generales victoriosos salían en sus triunfos acompañados por un esclavo que les repetía "recuerda que eres mortal". Pues en todos los siglos de la cristiandad, los príncipes cristianos pasaban su vida rodeados de curas, monjes, confesores y moralistas que les repetían al oído: "Serviam". La Cristiandad era ese camino. No fue un mundo perfecto pero era un mundo que luchaba por la perfección.
Me viene a la memoria la bellísima imagen del entierro de la emperatriz Zita de Austria en 1989. Para entrar en la cripta imperial un encargado llamaba a la puerta y pregonaba todos los títulos y grandezas de la difunta. Desde dentro, un simple fraile, se negaba a abrir. Al final se permite la entrada cuando dicen, simplemente, "Zita, una pecadora". Así eran nuestros reyes. ¿Qué sería de los políticos si no tuvieran clara esa vocación de servicio? Pues ya lo estamos viendo.
Recuerdo también, por contraste, aquella entrevista que le hizo hace unos años Risto Mejide a Pedro Sánchez en la que decía "soy ateo" cinco veces seguidas. Seguramente muchos verían esa declaración como una especie de garantía de neutralidad, como si el situarse fuera del marco religioso te hiciera más capaz de servir a todo el mundo. Pero eso es un espejismo, una simple inercia de lo que fue cultura cristiana. La realidad es que cuando se reniega del Ideal cristiano lo que pasa -lo que está pasando- es que se vuelve a la casilla de salida, donde los jefes tiranizan y los grandes oprimen. No hay término medio.
Los políticos no sirven. Con honradas excepciones, pero en general no sirven en ninguno de los sentidos. Por una parte no sirven porque tenemos un sistema que premia la mediocridad. Un sistema que ha encumbrado a una casta partitocrática que siempre se interpone entre los buenos funcionarios -que los hay- y las necesidades reales de la gente. No sirven cuando hay una catástrofe, un accidente, una emergencia, una crisis. Estamos ya hartos de verlo.
Pero la cosa es más grave. El problema es que no quieren servir. Lo que quieren es tiranizar y oprimir. En su beneficio, claro. Y lo más curioso es que por acaparar el poder y la riqueza, y por no querer servir a su pueblo, acaban sirviendo a otros poderosos. Y por eso San Agustín dijo que cuando falta la justicia, o sea, cuando se pierde de vista ese ideal cristiano de servicio, los estados se convierten en bandas de malhechores.
Esto es exactamente lo que estamos viviendo, una ineptitud tan grande para resolver los problemas cotidianos, la vivienda, el agua, la demografía, la crianza de los hijos, etc. que resulta sospechosa. Llega un momento en que es evidente que no es posible que sean tan inútiles. No puede ser que sean tan torpes. Porque a la hora de enriquecerse a sí mismos parecen bastante avispados. Y porque cuando tienen que engañar a la gente a través del sistema electoral tampoco lo hacen tan mal.
Es decir, que todo parece indicar que tenemos unos gobiernos, bandas de malhechores, cuyo servicio consiste en destruir, en empobrecer. Y en el caso de España, en extender el autoodio, en someternos y humillarnos claramente a nuestros enemigos internacionales, ideológicos y económicos.
Cuando los carlistas aspiramos a la restauración de una monarquía católica, cuando decimos "Nada sin Dios", o cuando afirmamos simplemente que la confesionalidad es un bien, es porque sabemos que no es lo mismo un estado laico que uno cristiano.

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