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24 mar 2026

Lo pagaremos

Un año más se acerca el 25 de marzo, festividad de la Encarnación del Señor, día del niño por nacer. Un día muy apropiado para hacer un parón, tomar perspectiva y darse cuenta de que esto no puede terminar bien. Estamos inmersos en lo que San Juan Pablo II llamaba la cultura de la muerte. 

Aparentemente la vida sigue con cierta normalidad, las noticias se suceden una tras otra y nos sobresaltan más o menos pero sin afectarnos demasiado. Mientras haya salud, no nos caiga un misil encima, o no nos ocupen la casa cualquiera diría que vivimos como puros espectadores de un carrusel en el que todo tiene sus ciclos: la guerra y la paz, la crisis y la bonanza, la izquierda y la derecha. Sin embargo hay algo muy siniestro detrás del mundo moderno. Según la OMS se ejecutan en el mundo, cada año, 73 millones de abortos provocados. La dignidad de la vida humana carece de valor intrínseco. Depende de algo tan frágil como la pura voluntad. Deja de existir cuando un ser humano es no-deseado. 73 millones de niños no-deseados. 

Y además está la eutanasia, el suicidio asistido, la eliminación de otras vidas declaradas indignas por el sistema, vidas no-deseadas. Y por si fuera poco el agravio comparativo del animalismo enfermo: romper un huevo de águila real supone cárcel, multa, inhabilitación y pago de indemnizaciones. Matar un feto humano es un derecho garantizado. 

En medio de este horror, este baño de sangre provocado por los sacrificios rituales de una especie de falsa religión satanista que odia a los niños, a los ancianos y a los enfermos, tenemos que pararnos a pensar un poco. Y si pensamos un poco veremos que, todos aquellos que de alguna manera conformamos lo que se podría llamar "movimiento pro-vida" hemos cometido varios errores: 

1º. Hemos trivializado el problema como si fuera un simple problema de ignorancia o asistencial. Demasiadas manifestaciones festivas y con globitos y poca contundencia. Demasiados debates dedicados a explicar que la hierba es verde y que matar a un ser humano inocente está mal. No hemos creído a quienes nos advertían del avance de una agenda política pro-muerte. Una estrategia que empezó pidiendo la despenalización en algunos casos y que ha terminado prácticamente reclamando el derecho al infanticidio descarado. Claro que hay que hacer un trabajo educativo. Por supuesto que está bien asistir a las víctimas. Pero el problema no es la atención de personas ignorantes o descarriadas. El problema que surgió en 1985 es político, porque consiste en la aprobación de unas leyes diabólicas que han permitido la apertura de negocios para asesinar a gente no-deseada. Esa es la clave: personas no-deseadas.

2º. Hemos dejado que la derecha instrumentalice el movimiento pro-vida. Y lo ha hecho a su estilo, cobardemente, siempre siguiendo los pasos marcados por la izquierda. Consolidando de hecho con sus gobiernos todos y cada uno de los pasos degenerados de los radicales pro-muerte. A cada nuevo órdago de la izquierda la derecha no ha respondido manteniendo la posición previa sino cambiando su programa, contentándose siempre con ser un poquito más moderada. Un poquito menos criminal. Cuando la izquierda pidió despenalización, la derecha dijo que sólo en algunos supuestos. Cuando la izquierda amplió los supuestos la derecha acabó dándolos por buenos. Cuando la izquierda empezó a hablar de derecho al aborto la derecha dijo que vale pero que antes había que escuchar el latido fetal. El malminorismo pepero nos ha engañado, ha utilizado la buena voluntad de los pro-vida. Nunca ha tomado medidas y nunca ha sido capaz de reducir el genocidio. 

3º. En tercer lugar, hemos permitido que los médicos escurran el bulto. Todos los códigos deontológicos han sido dinamitados. En lugar de expulsar de su seno a los inmorales los colegios de médicos se han dedicado a mendigar un miserable derecho a la objeción de conciencia. El resultado es que hoy entras a un hospital buscando ser curado y ves que en una habitación están liquidando a un anciano; en un quirófano matando a un feto; y en otro amputando a un hombre para reasignarle una nueva identidad. Los centros sanitarios han dejado de ser espacios seguros. ¿Qué tiene que ver la cultura de la muerte con la salud o la sanidad? Más les valdría haber creado un cuerpo estatal de verdugos, dependiente del ministerio del interior, con licencia para matar. Así sabríamos a qué atenernos. 

El 25 de marzo es un día para la reflexión y la rebelión. La vida humana no depende de su utilidad, ni de que sea más o menos deseada. Desde el momento de la concepción, hasta la muerte natural, merece respeto y protección. Y cuando un gobierno no es capaz de proteger a los más débiles se hace inútil, y tiránico. El asesinato en masa de los inocentes clama al cielo. El un crimen tremendo que pide justicia. Y lo hemos de pagar. 

CARLISTAS.ES - SEMANA 12/2026




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