22 nov. 2015

Lo que más o menos he dicho en el Cerro de los Angeles 2015


Cada vez que tengo que tomar la palabra delante de un grupo de carlistas se me presenta un dilema.

Por una parte me sale la vena grandilocuente porque soy muy consciente de lo que el Carlismo significa, de la grandeza que encierran sus ideales, de la trascendencia que supone que exista aún hoy en día, en el año 2015, un grupo de españoles que cree todavía en la España de siempre. Siguiendo esa línea corro el riesgo de hacer un discurso épico, al estilo de los cuadros de Ferrer Dalmau, y también un poco al estilo de Hollywod, como si fuera una arenga antes de la batalla de San Crispín. Podría hablar de la Fiesta de Cristo Rey, de nuestros mártires... pero algo me dice que debo controlar mis emociones porque mi responsabilidad, ahora, no es hacer literatura sino política.

Por otra parte la cabeza me exige realismo. Los carlistas somos hombres y mujeres de nuestro tiempo, no nos gustan los museos, no queremos aparecer como una secta extraña que vive alejada del mundo real. Por esta vía podemos llegar a ser la cosa más práctica del mundo. En estos meses preelectorales he asistido a varios intentos y conversaciones con personas muy bien intencionadas pero un tanto ingenuas que estaban deseando hacer algo, en el campo electoral, por servir a unos ideales que podemos compartir en gran medida. Y me resulta muy curioso, y me parece paradójico, comprobar como en esas conversaciones siempre hemos sido los carlistas los más prácticos, los más realistas, los menos ingenuos, los menos voluntaristas.

Las elecciones pueden servir -lo repito una vez más- para dos cosas: para hacer propaganda, cosa que es legítima pero que nada nos impide hacer fuera de las campañas electorales (y aquí quiero animar a nuestros jóvenes a que engrosen las filas de los Grupos de Propaganda Carlista que poco a poco van surgiendo por toda España) y también para elegir cargos públicos que se cuelen en el sistema para decir algunas cosas decentes en las instituciones. Es aquí donde entra en juego nuestro realismo porque sabemos perfectamente que sin el apoyo de algún medio de comunicación potente, sin unos recursos económicos grandes, sin una implantación social suficiente, es imposible alcanzar resultados electorales.

Hace no mucho tiempo, en una de esas conversaciones electorales fallidas dije lo siguiente: "... Me merece todo el respeto la gente que al menos lo intenta en vez de quedarse en casa. Sin embargo debo decir que me parecía una locura afrontar unas elecciones generales con tan poco tiempo y tan escasos medios. Nuestra última experiencia en las Europeas con Impulso Social nos enseñó muchas cosas. Nosotros cada vez estamos más convencidos de que la regeneración de España no vendrá por los partidos. Ni grandes, ni pequeños, ni sueltos, ni coaligados. Sin una base social previa, sin medios de comunicación potentes, no será posible obtener representación en un sistema cada vez más sectario..."

¿Qué hacemos entonces? Si no podemos lanzar discursos emocionantes para no parecer que estamos locos, si no podemos hacer nada en el campo electoral porque entonces parecemos tontos... porque está demostrado que es una trampa del sistema...

Creedme que me gustaría, pero no os puedo ofrecer una campaña breve y exitosa. Estamos en plena travesía del desierto. La Comunión Tradicionalista Carlista no es lugar para los impacientes, tampoco parece un lugar apropiado para labrarse una carrera política demasiado brillante. Estamos en plena travesía del desierto.

Debo insistir en el realismo. Porque tenemos que avanzar, aunque sea a pequeños pasos, pero sin dar pasos en falso, sin dar pasos atrás. El año que viene la CTC cumplirá 30 años desde su reconstitución en 1986... Hace un año que celebramos nuestro XII Congreso, año tras año seguimos, nos mantenemos, somos un pequeño punto de referencia, y hacemos muchas cosas (actos, jornadas, revistas y boletines, conferencias, campamentos...) pero no conseguimos ese crecimiento, ese incendio, que nos llenaría de ilusión, de entusiasmo... y también de orgullo. ¡Ay, el orgullo! ¡Qué cosa más mala!

Nuestra presidenta, María, es una honesta ama de casa, vuestro secretario general es un simple autónomo, un librero. Nada de títulos nobiliarios, nada de abogados del estado, ni siquiera tenemos en nuestras juntas a registradores de la propiedad... Nuestra Junta de Gobierno es una muy importante pero pequeña agrupación de vecinos honrados.

¿Qué épica podemos reivindicar con estos avales? De los miembros de la Junta de Gobierno los únicos que aún podrían morir jóvenes son Víctor y Félix... y ya están felizmente casados y con hijos. Y Víctor con un primogénito precioso que se llama Carlos.

La épica que nos corresponde es la más dura, la menos vistosa, la que consiste en tener una vida ordinaria, para pasar el testigo a los que vengan detrás.

Por todo esto, hoy, en el acto nacional carlista del Cerro de los Angeles del año 2015, os tengo que pedir a vosotros, carlistas, paciencia, calma, humildad, realismo. Os tengo que pedir que miréis a largo plazo, que os olvidéis de las elecciones y de la política del corto plazo, que tengáis constancia y mucha, mucha perseverancia en todo lo que hagáis.

¿Habéis oído alguna vez esa expresión un poco cursi de "slow food" con la que algunos pretenden denunciar la locura del "fast food"? La slow food es, traducido al español, el cocido de la abuela de toda la vida, la cocina de la madre de familia que hace las cosas a su ritmo, con humildad, con paciencia. Pues bien, nosotros, los carlistas, tenemos que reivindicar la "política slow", la tradición política de las Españas en la que todas las cosas, todas las decisiones, se procuraban tomar con la vista puesta en el bien común, que no suele ser una cosa demasiado cambiante, desde el respeto a las generaciones pasadas y el respeto a las generaciones futuras.

Ojo, que política slow no significa ESPERAR sino empezar YA. Una cosa es cocer a fuego lengo y otra esperar a poner el microondas.

Hace unos días, en esas fallidas conversaciones electorales que he mencionado antes uno me decía: "Gracias por tus palabras, Javier. Confío en que, en un futuro, podamos hacer algo por el bien de España". Y, claro, me puso en bandeja esta respuesta: "Yo confío en que YA lo estamos haciendo. No pensemos solo en clave electoral porque nos agotaremos luchando contra un muro. Trabajemos por construir redes sociales de familias que sean capaces de llevar en sí mismas a España independientemente de quién gobierne. Si esas redes crecen la representación electoral será una consecuencia lógica. Hay que trabajar a largo plazo. Por cosas que puede que no veamos".

Y, en fin, si no os gusta esa expresión anglosajona de "política slow" quedaos con aquel elogio que nos hizo el Papa Pío XII:

"los requetés, los católicos prácticos. Los que salvaron a España. Los llevo muy adentro en mi corazón y los bendigo".

Seamos pues católicos prácticos. Tengamos paciencia, seamos constantes, seamos perseverantes...
Y seamos alegres que si hubiera que salvar una cosa del carlismo, solo una cosa... a lo mejor habría que salvar las canciones carlistas empezando por nuestro Oriamendi.

Nada más.
¡viva la juventud carlista!
¡vivan los veteranos carlistas!
¡viva la alegría de los carlistas!
¡Y que vivan las familias españolas que resistirán al mal gobierno cueste lo que cueste!
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