2 nov. 2015

En el día de los fieles difuntos: ¿Dónde está el respeto a los muertos?

El respeto a los muertos es un signo de civilización. De hecho la presencia de rituales funerarios se considera, en el mundo de la paleoantropología, un signo inequívoco de humanidad. La Iglesia, que siempre ha enseñado que el hombre es cuerpo y alma, y que cree en la resurrección de la carne, siempre ha exigido un trato digno para los cadáveres: rituales, bendiciones, funerales, camposantos, responsos completan una de las más puras obras de misericordia, la que manda "enterrar a los muertos".

Pero vivimos tiempos lúgubres e incoherentes. Las doctrinas oficiales, enzarzadas en discusiones sin fundamento sólido, pedalean lideradas por el relativismo y suelen desembocar en conclusiones contradictorias. Anteayer, fiesta del maldito jalogüin, hacían sarcasmo de la muerte con una versión de satanismo light para niños. Hoy, ante el enésimo accidente aéreo, arrugan el ceño reclamando el ADN de las víctimas para que ni una piltrafa sagrada del cuerpo de un compatriota se confunda de ataúd. Mis muertos son mis muertos y ay del gobierno si me traspapelan un huesecillo. No deja de ser chocante esta manía de los progres que se ríen de las reliquias que veneramos los hombres religiosos como recuerdo de los santos... pero que se obcecan en un materialismo radical cuando se trata de someter a los funcionarios de los servicios de limpieza forense a la tortura de hacer puzzles macabros con pedazos de cuerpos.

¿Quién es aquí el radical o el inflexible? Mi creencia en la resurrección de los muertos soporta sin problema la resurrección del sepulcro... y del polvo, del fondo del mar o de las fosas comunes. Los creyentes tenemos esa ventaja, y eso nos ayuda a vivir más tranquilos y felices, porque sabemos relativizar las cosas, porque no andamos agobiados por una mota de ADN. Porque sabemos que el polvo que seremos será -gracias Quevedo- polvo enamorado, mas polvo amado.
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