(Por Javier Garisoain) -
¿Qué tienen en común el franquismo, la China actual, los USA, el castrismo cubano, el nazismo, el PSOE, Bildu y VOX? Que todos ellos han basado o basan su acción política y, lo que es peor, su ideal político, en esas estructuras sectarias, auténticas bandas de pirados o ladrones que son los partidos. Estructuras mafiosas gracias a cuyas artes por un lado nos trocean -nos parten- y por otro nos controlan los poderes ideológicos y extranjeros. Maquinarias inventadas para anular a la sociedad y a los cuerpos sociales naturales, para usurpar sus funciones y erigirse en sus portavoces-manipuladores.
Los partidos son malos no sólo porque sean creaciones humanas formadas por humanos. Es peor que eso. El problema no es sólo que los partidos estén formados por humanos imperfectos, lo peor es que además de eso son estructuras que lo que hacen es alentar la imperfección, la ambición, la desconfianza, el servilismo y la corrupción.
¿Y cómo sería un mundo sin partidos? Ese es el reto que tenemos por delante: construir una política sin partidos. Parece difícil, pero es posible porque de hecho ya ha sido posible. La prueba es que los partidos políticos, tal como los conocemos, no tienen más de 200 años.
En la política se puede tomar partido y hay que tomarlo ante los problemas que vayan viniendo, pero eso de institucionalizar y blindar una toma de partido de forma que a partir de ahí se constituya una especie de banda para la conquista del poder es algo que nos retrotrae a los episodios de guerras de banderías nobiliarias.
Lo que merece ser institucionalizado no son los grupos ideológicos o de ambición de poder sino todos y cada uno de los sectores del cuerpo social. Cada parte de la sociedad, colectivo, comunidad, gremio, sindicato, interés, etc. debería tener sus representantes, libres, libremente elegidos desde la base, que sean capaces de responder ante los suyos y de poder reclamar ante la autoridad. Las cortes regionales, por su parte, podrían perfectamente constituirse sin partidos desde la representación municipal, de abajo hacia arriba.
En un sistema tradicional sería fundamental distinguir entre gobierno y representación. Soberanía política y soberanía social. Los representantes han de ser libres y tener fuerza para votar impuestos, presentar proyectos y negociar lo que haga falta. Por su parte el rey y sus representantes, su gobierno, formado por funcionarios sin partido, han de poder trabajar sirviendo al bien común, sin presiones de partido, es decir, sin presiones ideológicas o de intereses extranjeros. Ningún sistema es perfecto pero este esquema sería mil veces mejor que lo que tenemos.
Entonces ¿hay vida más allá de los partidos?... Hemos caído en la trampa de pensar que si no hay partidos no hay democracia entendida como respeto al pueblo; o que sin partidos no se puede ni siquiera gobernar un país. Estamos tan metidos en el sistema de partidos que cuesta imaginar algo alternativo. Algunos creen que la única alternativa posible a la partitocracia es la dictadura totalitaria. Por eso dicen que es el mejor de los sistemas posibles. Pero no es así. La monarquía tradicional que durante siglos funcionó en España y que reivindicamos los carlistas no era para nada un sistema dictatorial. Y tampoco se basaba en partidos institucionalizados. Poner al día aquel ideal de monarquía católica, he aquí un reto apasionante. Una salida y una esperanza cierta para salir de la decandencia. Lo que cada vez está más claro es que España no se librará de la peste partitocrática con más partidos. Las cosas empezarán a arreglarse cuando entendamos que los partidos son un invento del sistema para tenernos entretenidos mientras son otros los que mandan de verdad.
Ojalá llegue el día en que se realice ese viejo lema carlista de "todos unidos, no partidos".
CARLISTAS.ES - SEMANA 9/2026

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