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7 mar 2026

Política sin literatura


La política lleva al menos doscientos años fuera de quicio. Entendida en el mejor de los sentidos como una elevada forma de caridad, como un servicio al bien común, siempre estuvo sometida, como todas las realidades humanas, a los vaivenes del pecado y de la imperfección, de la ambición, la corrupción y el ansia de poder. Pero la tentación de crecer para invadirlo todo es relativamente reciente.

Uno de los mundos que ocupa ilegítimamente es el de la cultura y las emociones. Hasta el punto de que resulta difícil imaginar un movimiento político moderno sin su propia literatura. La política de las ideologías nació en la Ilustración y el enciclopedismo confundiendo letras con derecho. Rousseau, Voltaire, los románticos, Byron, Larra... Los peores políticos de la historia han sido literatos o artistas frustrados como Marx, o como Hitler. Todo en la modernidad política aparece revestido de un aura literaria, desde las cursilerías de Podemos hasta el estilo de la Falange. 

La manipulación emotivista, que antiguamente estaba recluida y apenas asomaba en las arengas bélicas, se pasea hoy entre nosotros revestida con las ropas brillantes del marketing y la psicología de masas. ¿Cómo le haremos frente? 

La Comisión para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española acaba de publicar una nota doctrinal sobre el papel de las emociones en la vida de fe. En ella los obispos hablan del peligro pastoral de descompensar el ámbito emocional cayendo en el sentimentalismo y descuidando los aspectos más racionales de la fe. Pues resulta que este toque de atención, escrito para encauzar la pastoral religiosa, sirve también, mire usted por dónde, para ordenar este mundo tan loco de la política ideologizada. 

La política, como venimos diciendo, lleva tiempo moviéndose en parámetros de emotivismo: el marketing electoral, las consignas, el nacionalismo, la libertad guiando al pueblo... El sistema electoral de la partitocracia no busca lectores de programa sino votantes compulsivos e irracionales. 

¿Y qué pasa con la épica, me dirán? ¿No es acaso el Carlismo, como todas las gestas de la historia de España, un objeto literario de primera magnitud? Sí. Pero en esto el orden es importante. 

Está muy bien que haya épica, pero eso viene después de los hechos. No antes. Primero la batalla, luego la crónica. El buen orden de las cosas es: primero haga usted lo que haya que hacer, que luego ya vendrán los romances. Don Pelayo, el Cid, Blas de Lezo, Zumalacárregui o los requetés han tenido y tendrán sus cantores pero antes tuvieron sus acciones, su entrega, su heroísmo, su servicio. 

En 1947 un grupo de excombatientes carlistas peregrinó a Roma. Al ser presentados en audiencia ante Pío XII dicen que dijo el santo padre: "Ah, los requetés, los católicos prácticos". 

¡Qué importante es entender este equilibrio! Los políticos nos enfrentamos constantemente a dos tentaciones. La primera es el purismo, el creer que lo único que importa es tener razón. Y eso nos hace duros, estériles... y poco prácticos. La segunda es el romanticismo, el sentimentalismo, que nos hace blandos, inútiles... y también poco prácticos. 

El emotivismo produce grandes discursos, arengas dignas de ser enmarcadas, y luego se desvanece al choque de la realidad. Este es mi llamamiento y mi discurso de hoy, con el que no quiero llegar ni a la cabeza ni a las tripas, sino al corazón. Si te interesa el servicio político haz todo lo posible por dejarlo en su lugar. La academia en su sitio, la literatura al final y en medio, en el campo del deber y la acción, la política. Porque nuestro espacio no es el de podemos, sino el de debemos.