20 jul. 2017

Obituario de mi madre: María Eugenia Otero Candeira

El pasado 8 de julio, entre San Fermín y San Benito, falleció en Pamplona, a los 77 años, mi madre, María Eugenia Otero Candeira, Marigena, una mujer de corazón gallego y alma navarra. Nacida en Cambados (Pontevedra) se convirtió en navarra consorte al contraer matrimonio, en 1964, con el pamplonés y farmacéutico, estudiante en Santiago, Miguel Angel Garisoain Fernández. Cada verano tenía la oportunidad de renovar su dulce acento gallego, cada invierno se reafirmaba en ella un espíritu foral militante que ya quisieran para sí muchos navarros. Muchos vecinos la recordarán paseando a diario para hacer la compra con su carrito por las calles Mayor o San Antón, saludando a toda cara conocida, o santiguándose al salir de casa.

Su esquela no ha pasado inadvertida: nueve hijos, dos de ellos sacerdotes, dos de ellas religiosas contemplativas, dieciocho nietos... Una huella profunda allí donde pudo llegar su ejemplo. Un funeral multitudinario en San Lorenzo, el 10 de julio, en plenos sanfermines... ¿qué mejor ejemplo de “empoderamiento” de una mujer tradicional y cristiana para brindar a la reflexión de los ideólogos de la igualdad feminista? Licenciada en Filosofía y Letras, inteligente, con una cultura amplia y siempre curiosa, profesora de francés en la escuela de Magisterio de Pamplona, en el colegio del Sagrado Corazóny en el de las MM. Dominicas, dejó de trabajar fuera del hogar para poder ofrecer una dedicación plena a la familia. Y para no quitar un trabajo a un padre de familia; así al menos lo vivía ella, ajena a lo políticamente correcto. Fue como tantas otras heroicas esposas, madres y amas de casa españolas de su generación: elegante, sencilla, paciente, cariñosa y discreta. Sensible al arte y la naturaleza. Esposa de vocación. Gran cocinera y anfitriona. Madre prudente y servicial que disfrutaba con todos los planes de los hijos, que sabía escuchar, que dejaba hacer, que antes daba ejemplo que sermones.

Creyente y apóstol con una caridad activa y generosa que vertía en obras buenas como Ayuda a la Iglesia Necesitada, Radio María, los misioneros Combonianos o la Adoración Perpetua, entre otras. Su infancia en el colegio del Sagrado Corazón le marcó a fuego una espiritualidad basada en la confianza en la Divina Providencia y en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. El golpe que supuso la muerte de su segunda hija, Marta, de cáncer con sólo 8 años, puso a prueba su fe y dió inicio a una relación muy especial con su ahijada ecuatoriana, relación con Ecuador que fue creciendo con el tiempo, acompañada de otro “amadrinamiento”, el de algunos sacerdotes extranjeros estudiantes en el Seminario Bidasoa, catequistas en su parroquia de San Lorenzo.

Comprometida social y políticamente, espiritual pero nada espiritualista, activista pro-vida... Acompañó de corazón a su esposo, e hizo que se vivieran en el hogar como propias, tanto las andanzas sociales y profesionales de su marido como sus aventuras políticas como carlista tradicionalista.

Media vida, desde los 42 años, la pasó delicada de salud y de pronto, cuando todas sus atenciones estaban volcadas en el alzheimer de su esposo, un cáncer se la ha llevado en unos pocos meses. ¡Bendito cáncer cuando se vive desde la atalaya de una vida completa!; cuando se pasa en buena compañía; cuando se cuenta con los óptimos cuidados médicos que tenemos y no siempre valoramos los navarros del siglo XXI; cuando la enfermedad ofrece al enfermo la oportunidad de soltar lastre, de despedirse como Dios manda, de preparar el viaje más importante.

Marigena estaba preparada. Tenía las manos llenas de buenas obras y el corazón purificado. Nos ha dejado con mucha paz, agradecidos por haber sido testigos de una vida plena.

Javier Garisoain Otero
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