26 ene. 2012

Una tertulia universitaria: carlismo y libertad

 Ayer, martes, tuve el honor de asistir como "personaje" invitado a la tertulia del Colegio Mayor Belagua (Torre II) de la Universidad de Navarra. Después de una pequeña introducción en la que traté de explicar qué es el carlismo me sometí a una batería de preguntas varias. Hubo muchas, amables y directas. 


¿Se pueden creer Vds. que en ninguna de ellas pude ver que se me llevara la contraria en cuestión programática alguna? Yo me definí como tradicionalista en política, es decir: católico, español, fuerista, regionalista, monárquico, contrarrevolucionario y antiliberal. Y doy fe de que no me encontré en ese marco -un centro universitario católico del siglo XXI- ni anticatólicos, ni afrancesados, ni centralistas, ni separatistas, ni estatalistas, ni republicanos, ni revolucionarios... ni siquiera liberales confesos.

Lo único que me dijo alguno, casi en plan de consejo bienintencionado, fue la típica objeción de "¿por qué no os cambiais el nombre?". Y poco más... alguna duda sobre el por qué de la monarquía hereditaria, algún comentario benévolo sobre los logros del estado moderno... y nada más.

¿Saben cuál fue el tema estrella, el cogollo del debate?... ¡la libertad!. Sí.

Como si la libertad humana, en vez de ser un medio proporcionado por Dios para nuestra felicidad, fuera un invento del diablo para entorpecer el avance de la verdad. Una vez más se confirma que el principal problema que tiene la humanidad no es la maldad de los malos sino la insipidez de la sal.

Resulta que dentro de muchos de los ambientes católicos mejor formados, como es el caso de la Universidad de Navarra, hay una exageración de la libertad. Es un asunto sutil porque a la hora de la verdad es la Verdad la que se impone en la gente más ortodoxa. Pero el tic liberal es potente. Por eso surgen tantos miedos a la hora de hacer prevalecer la realidad de las cosas. Por eso el individualismo, el culto a la voluntad, la conciencia personal sacada de quicio, la exaltación de la duda perpetua, dificultan la extensión que debiera ser natural, lógica y normal, de una política cristiana en un país tan cristiano como España.

Javier Garisoain
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