10 mar. 2009

Martirial mejor que victimista

Martirial mejor que victimista

La celebración cada año de la fiesta de los Mártires de la Tradición Española es una ocasión entrañable para todos los carlistas. De hecho es la piedra de toque que distingue entre nosotros al carlista “fino” del neo-carlista recién llegado que no ha tenido tiempo todavía de empaparse del carlismo más auténtico. Porque lo martirial, es decir, lo testimonial, está en la raíz más profunda de este movimiento político que nació no para lamentar una pérdida sino para dar un testimonio.

La revolución liberal, conforme iba barriendo por toda Europa no solo la monarquía acartonada del despotismo ilustrado sino los restos aún vigorosos de la Cristiandad medieval fue fabricando víctimas por cientos de miles. Víctimas de la explotación capitalista, victimas de un militarismo desaforado, familias víctimas, municipios víctimas, instituciones víctimas. El carlismo nació entre los españoles que todavía no habían sido víctimas. Entre los españoles que viviendo inmersos en un mundo difícil, pecador e imperfecto querían hacer las cosas como Dios manda, y estaban siendo testigos de la amenaza que se les echaba encima. La España más libre, menos explotada, menos proletarizada, más cristianizada en definitiva es la que se alzó con Don Carlos y en contra del liberalismo. Era la España más clarividente. La más consciente. Eran los restos de aquella España que después de culminar para la Cristiandad la Reconquista peninsular había cruzado el Océano para seguir una conquista universal. Eran familias y comunidades, un pueblo que tenía sangre suficiente como para no dejarse avasallar sin lucha. Las derrotas militares sufridas en el siglo XIX nunca lograron convertir al carlismo en víctima porque ya estaba vacunado, y porque los sufrimientos que hubieron de pasar los carlistas no caían como una lluvia inevitable sino como consecuencia de un enfrentamiento libremente decidido. Las penurias de entonces no fueron una sorpresa sino, como se decía en aquel lenguaje decimonónico tan poético, timbres de gloria y honor.

Ser carlista significa pues asumir esa herencia, formar parte de un movimiento político nacido para dar testimonio, y por eso celebramos el día de los Mártires de la Tradición y no el de las víctimas del liberalismo.

Hoy en día, cuando aquel tejido social que vivía unido en torno a la legitimidad dinástica ha sido prácticamente destruido la misión del carlismo queda purificada. Porque ahora ya no tenemos la tentación de sentirnos fuertes por nosotros mismos. Antes lo sabíamos pero ahora lo vemos y lo palpamos: que lo que tenga que ser será porque Dios quiera y no por nuestros méritos.

De entre todas las formas de santidad que enriquecen a la Iglesia la más misteriosa es el martirio. Mucho más que la santidad mística porque ésta, al fin y al cabo, resulta plenamente lógica incluso en sus fenómenos paranormales para quien ha aceptado la lógica de la fe. En cambio lo martirial es tan humano, tan de andar por casa, que lo divino solo se descubre en esa transformación del barro cotidiano en oro fino. El carlismo, salvando todas las distancias teológicas, tiene esa vocación martirial en su misma esencia. A los carlistas no les pasan cosas, las hacen a conciencia. No les meten en líos… se meten ellos mismos. No se contentan con ser víctimas, quieren ser mártires.

Este concepto de mártir, en su sentido más extenso y naturalmente no canónico, fue recogido por el mismo Carlos VII en su decreto de instauración de esta nueva fiesta nacional. No habrían de entenderse únicamente como mártires los fallecidos en el frente de batalla; también eran mártires los perseguidos en tiempo de paz, los representantes políticos y sociales, los periodistas, los organizadores, los sindicalistas, etc. Los ridiculizados, los encarcelados, los represaliados de cualquier forma por lealtad a la Causa. Si se piensa desde este punto de vista en la misma palabra mártir, que tiene aires de arqueología de las persecuciones neronianas, acaba recobrando un sentido de rabiosa actualidad. No andaba descaminado el rey Carlos VII al instituir esta fiesta. Hemos hecho bien los carlistas en mantenerla como una de nuestras señas de identidad más preciadas. Tal vez no tengamos otro mérito.

F. Javier Garisoain Otero
Secretario General de la CTC

Publicado en AHORA INFORMACION 97. MAR-ABR 2009