7 dic. 2008

Nuestra tarea política

Nuestra tarea política
por Javier Garisoain
Secretario General de la CTC

La celebración del trigésimo aniversario de la Constitución "que-nos-hemos-dado-los-españoles" me hace pensar que sería más exacto decir que es "la-que-nos-dieron-los-españoles-que-podían-votar-hace-treinta-años". Esta constatación evidente nos recuerda que cada año que pasa la imagen de la Constitución como esencia de una especie de democracia instantánea y permanente se cae por su propio peso. Seamos realistas: la Constitución es una imposición de las generaciones pasadas, no menos impuesta que aquella monarquía tradicional que fue asumida durante siglos con normalidad como “la-Monarquía-que-nos-hemos-dado-los-españoles".

La diferencia es que mientras aquella monarquía tradicional no engañaba a nadie esta “monarquía” constitucional es mas falsa que Judas. Mientras aquella reconocía una “constitución” histórica enraizada en la Tradición, ésta nace con la petulancia increíble de pensar que una generación de españoles -agrupados en torno a cuatro partidillos financiados por lobbys extranjeros- estaba legitimada en 1978 para “constituir” de nuevo España a su gusto.

Así pues, nuestra tarea política no puede verse acomplejada por el paso del tiempo ni por el peso de los votos. Aquí todos somos igual de viejos y todos igual de "votantes". Todos igual de antiguos y todos igual de listos. Los errores son tan viejos como la ortodoxia. Y los herejes tan humanos como los santos. En política –partiendo de que no es posible alcanzar un mundo feliz desde la pura voluntad humana- no tiene sentido preguntarse sobre la vejez o la “democracia” de las cosas. Lo único que hay que plantearse es: ¿es bueno? ¿responde a la realidad de las cosas? ¿a dónde nos conduce?

Nosotros criticamos el actual sistema constitucional porque pensamos que es malo. Malo para las personas, para las familias y para el conjunto de la sociedad. A veces nuestra tarea política se parece más a la de un profeta que a la de un rey, tal ha sido nuestro retraimiento durante décadas de la primera línea política. Por eso creo que como carlistas, fieles a nuestra trayectoria, sin descuidar un ápice el bagaje doctrinal valiosísimo que nos entronca con la España de siempre, tenemos que esforzarnos por bajar un poco más a la arena política.

En las tertulias de gente católica y “de orden” es frecuente que se pierda demasiado tiempo en hablar del sistema constitucional, del gobierno y de los ministros. Cuando se acerca un carlista a la mesa camilla siempre hay alguien original que pregunta: “¿Y qué haríais vosotros si ganarais las elecciones?”. Es una pregunta trampa de la que conviene escabullirse. ¿Qué sentido tiene hablar del gobierno o del marco legal de España alrededor de un café? Nosotros siempre hemos sido bastante más prácticos que todo eso. Si los carlistas se “echaron al monte” varias veces en el siglo XIX y en el XX fue porque ciertamente pensaban que se podía ganar. Presentar a los carlistas como unos locos irreflexivos es una calumnia muy grande. Lo malo es que ha tenido tanto éxito que incluso nosotros mismos, de tanto bromear con ella, nos hemos llegado a sentir como esencialmente románticos y perdedores por vocación.

El argumento político en el que tenemos que insistir es que, además de que el sistema sea malo, la parte más sana de la sociedad española, las familias católicas más sensatas, están huérfanas de representación. O peor que eso: tienen un padrastro, una especie de “Pater Putatibus” (PP) que ni come ni deja comer. Las voces que a duras penas dicen cosas decentes acaban llevando casi siempre al redil del PP. Que ni pretende un cambio de sistema ni se compromete a representar dignamente a sus votantes. Los católicos más conscientes suelen acabar domesticados con el señuelo de que “vamos a cambiar el gobierno”. En cambio nosotros, los carlistas, vamos a procurar que la Comunión sea el cobijo de todos aquellos que, por encima de otras consideraciones, quieran ser fieles a la Tradición española. Sabemos qué es lo que está mal en la Constitución y en el gobierno, pero no podemos prometer de buenas a primeras ni un cambio de constitución ni un cambio de gobierno. Lo que hemos de procurar es un cambio en los que viven agobiados por la Constitución y por el gobierno. Lo urgente, lo realista, lo sensato, y lo carlista, es recuperar la representación. Después, ya veremos.

Javier Garisoain
  
PUBLICADO EN AHORA INFORMACION. NOV-DIC 08
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